UNA EFEMÉRIDE QUE EXIGE REPENSAR LA PATRIA

MOVIMIENTO ISQUIERDA UNIDA


“Cuando el 30 de mayo de 1961 cae acribillado a balazos Rafael Leónidas Trujillo, el tirano que había regido los destinos del país con puño de hierro, y sin clemencia, durante más de tres décadas, se cerraba un ciclo trágico de la historia nacional que no puede ser entendido, en toda su influencia hasta el presente, si reducimos lo sucedido a un puñado de anécdotas y conjeturas.” Miguel Mejía, secretario general.

Santo Domingo, R.D.- La emboscada en que la que perdió la vida Trujillo no significó el total desmantelamiento de un sistema de control, represión, adoctrinamiento obligatorio, explotación descarnada, robo institucionalizado y miedo. Cayó el principal artífice de aquella maquinaria del horror, pero muchos de sus métodos le sobrevivieron, incluso, su canallesca filosofía de la vida basada en el abuso, la imposición, el aplastamiento inmisericorde de toda discrepancia, el beneficiar a familiares, cómplices y amigos, y la exaltación todopoderosa del dinero, el soborno y la cooptación.
Trujillo implantó en República Dominicana un sistema de control de los cuerpos y las mentes de la población, solo comparable al de la Alemania nazi. Ninguno de los terribles caudillos latinoamericanos, dictadores de la talla del Dr. Francia, en Paraguay; Juan Vicente Gómez y Marco Pérez Jiménez, en Venezuela; Machado y Batista, en Cuba; Rojas Pinilla, en Colombia, o los Somoza, en Nicaragua, se atrevió a llegar a tanto.


Despojado de toda necesidad de fingir o esconder el verdadero carácter de su régimen, desafiante aún con los gobiernos norteamericanos, a los que se debía, el tirano abatido aquella noche de mayo en la emboscada tendida en la carretera hacia San Cristóbal, encarnó las más oscuras tendencias totalitarias de su época, innovando no pocas de las técnicas represivas aplicadas luego por otras dictaduras, entre ellas, la desaparición de familias enteras, el robo de las propiedades de sus adversarios y el uso del erario público como si se tratase de una inagotable cuenta bancaria personal.
Mención aparte merece el Partido Dominicano, brazo político de su régimen, y en el cual delegaba funciones organizativas que le resultaban tediosas, como por ejemplo, la evaluación del desempeño y el control hasta de la vida privada de sus funcionarios, el financiamiento de sus extensas redes clientelares, dentro y fuera del país, y la construcción permanente del más demencial culto a la personalidad que haya tenido lugar en el hemisferio occidental. Forjado a su usanza y semejanza, el partido no pudo sobrevivir en un ambiente político distinto al que había conocido, y al que había contribuido a apuntalar, desde su creación.
Inmerso en la Guerra Fría, Trujillo encabezó también la más oscurantista tropa de choque de la región, al servicio incondicional del imperialismo norteamericano, desplegando para ello un anticomunismo, un conservadurismo y un espíritu reaccionario intransigente que palió, a los ojos de sus valedores del norte, las pequeñas rebeliones y salidas de tono con las que justificaba un nacionalismo destinado a confundir y ser aplaudido por un pueblo, de por sí nacionalista y patriota.
No fue un régimen confinado en sus fronteras insulares. Aparte de la constante guerra de baja intensidad que desarrolló contra los gobiernos haitianos que no fuesen de su gusto, conspiró y participó
decisivamente, en estrecha colaboración con la CIA, en casi todos los golpes de Estado que tuvieron lugar en la región, desde el que derrocó a Rómulo Gallego, en1948, en Venezuela, hasta el movimiento que derrocó a Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954, y el golpe que derrocó al presidente Prío en Cuba, en 1952. Su constante injerencia, frecuentemente armada, en los asuntos internos de sus vecinos, deparó para él la condición de “imperialista dominicano”, como se le denomina en un memorándum secreto de 1949 circulado por la cancillería de un país vecino.
Fue capaz, por promover y defender sus intereses geopolíticos y personales, de sobornar a los más encumbrados políticos, periodistas, militares y diplomáticos norteamericanos, entre ellos al entonces vicepresidente Richard Nixon. En 1955 mantenía, con esos mismos fines y los de espiar, traficar, asesinar y desaparecer, dado el caso, una red de 178 cónsules honorarios, desde Sudáfrica y el Congo, pasando por Singapur e Islas Comoras, hasta la Zona del Canal de Panamá. Para esa misma fecha pagaba y daba órdenes a dos sindicatos anticomunistas en Chile.
Todo eso, y no solo un tirano de opereta, ridículamente constelado de condecoraciones, entorchados y plumas, fue lo que se comenzó a venir abajo tras los disparos que impactaron en su cuerpo, hace ya 56 años. Y parte de ello es lo que ha pervivido, reciclado y transmutado, en alianza con otras lacras más antiguas y más recientes, impidiendo a la nación su despegue definitivo y una obra de profunda justicia social.
Es un buen momento, por estos días convulsos, para utilizar esta efeméride y acometer la insoslayable tarea de repensar la Patria.
 

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